martes, 28 de julio de 2015

LA ESPERANZA





Las virtudes teologales están íntimamente relacionadas, la fe enciende la esperanza, y la esperanza sostiene la fe. El cristiano al perseverar en su fe a pesar de sus oscuridades, da pruebas de la fortaleza de su esperanza y no deja de esperar en las circunstancias más penosas. Las mismas contrariedades fortalecen su esperanza. San Pablo, lo decía:”Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra paciencia y la paciencia engendra esperanza”( Rm,5,3-5). La esperanza cristiana no falla nunca, ni siquiera cuando las penurias maltratan la vida del hombre. En todo hijo querido por Dios se renueva de alguna manera la historia de Job, probado en los bienes y en los hijos; abandonado de la mujer y de los amigos, enfermo, cubierto de lepra de la cabeza a los pies, reducido a la miseria y a la soledad…Era un hombre bueno…¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento a sus amigos? Dios no hizo la muerte; Dios no se recrea en la destrucción de las criaturas. Él, todo lo hizo bueno, para que subsistiera. La muerte y el sufrimiento son fruto del pecado y no, precisamente, como un castigo, sino como una purificación y como una expiación necesaria y salvadora para uno y para los demás en unión a la pasión de Cristo. Esto es así; pero cuando el hombre es probado en sus carnes y gime de dolor, el plan de salvación y de amor no acaba de encajarlo y se siente abandonado por Dios. En este preciso momento, el cristiano, ha de empezar a esperar contra toda esperanza, recordando que  ”la esperanza no falla” porque cuenta con el amor de Dios que ha sido derramado ya en nuestros corazones” por el Espíritu Santo que se nos ha dado. El amor de Dios, su gracia son la garantía de la vida eterna que nos espera y para la que los sufrimientos nos preparan.

Puede pasar que la conciencia de nuestros pecados cometidos, de nuestras infidelidades y de los muchos fracasos en la práctica de la virtud, nos lleven   al desánimo y pongan en peligro nuestra esperanza. Hay que recordar entonces que Dios no nos ama porque estemos sin pecados, sino porque ha infundido en nosotros su gracia y nos ha hecho hijos suyos. Dios quiere nuestra salvación y nuestra santificación más que nosotros; si como criaturas lo buscamos con todo el corazón, como hijos; y, nos echamos en sus brazos, Él como Padre, nos va acoger y nos va a santificar a pesar de las faltas del pasado o de las debilidades y miserias del presente.

Al día de hoy, se vive en una indiferencia religiosa; muchos hombres, prisioneros del materialismo, son tentados de desesperación y tienen una necesidad extrema de abrirse al consolador influjo de la esperanza cristiana. Sería deseable que todos los hombres de la tierra “despertaran a una viva esperanza, que es un regalo del Espíritu Santo, para que cuando les llegue la hora , sean recibidos por Dios en la suma bienaventuranza.”(GS93).



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