Las virtudes teologales están
íntimamente relacionadas, la fe enciende la esperanza, y la esperanza sostiene
la fe. El cristiano al perseverar en su fe a pesar de sus oscuridades, da
pruebas de la fortaleza de su esperanza y no deja de esperar en las
circunstancias más penosas. Las mismas contrariedades fortalecen su esperanza.
San Pablo, lo decía:”Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la
tribulación engendra paciencia y la paciencia engendra esperanza”( Rm,5,3-5). La
esperanza cristiana no falla nunca, ni siquiera cuando las penurias maltratan
la vida del hombre. En todo hijo querido por Dios se renueva de alguna manera
la historia de Job, probado en los bienes y en los hijos; abandonado de la
mujer y de los amigos, enfermo, cubierto de lepra de la cabeza a los pies,
reducido a la miseria y a la soledad…Era un hombre bueno…¿Por qué Dios permite
tanto sufrimiento a sus amigos? Dios no hizo la muerte; Dios no se recrea en la
destrucción de las criaturas. Él, todo lo hizo bueno, para que subsistiera. La
muerte y el sufrimiento son fruto del pecado y no, precisamente, como un
castigo, sino como una purificación y como una expiación necesaria y salvadora
para uno y para los demás en unión a la pasión de Cristo. Esto es así; pero
cuando el hombre es probado en sus carnes y gime de dolor, el plan de salvación
y de amor no acaba de encajarlo y se siente abandonado por Dios. En este preciso
momento, el cristiano, ha de empezar a esperar contra toda esperanza,
recordando que ”la esperanza no falla” porque
cuenta con el amor de Dios que ha sido derramado ya en nuestros corazones” por
el Espíritu Santo que se nos ha dado. El amor de Dios, su gracia son la garantía
de la vida eterna que nos espera y para la que los sufrimientos nos preparan.
Puede pasar que la conciencia de
nuestros pecados cometidos, de nuestras infidelidades y de los muchos fracasos
en la práctica de la virtud, nos lleven al desánimo y pongan en peligro nuestra
esperanza. Hay que recordar entonces que Dios no nos ama porque estemos sin
pecados, sino porque ha infundido en nosotros su gracia y nos ha hecho hijos
suyos. Dios quiere nuestra salvación y nuestra santificación más que nosotros;
si como criaturas lo buscamos con todo el corazón, como hijos; y, nos echamos
en sus brazos, Él como Padre, nos va acoger y nos va a santificar a pesar de
las faltas del pasado o de las debilidades y miserias del presente.
Al día de hoy, se vive en una
indiferencia religiosa; muchos hombres, prisioneros del materialismo, son
tentados de desesperación y tienen una necesidad extrema de abrirse al
consolador influjo de la esperanza cristiana. Sería deseable que todos los
hombres de la tierra “despertaran a una viva esperanza, que es un regalo del
Espíritu Santo, para que cuando les llegue la hora , sean recibidos por Dios en
la suma bienaventuranza.”(GS93).
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